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18 ene. 2015

Formas urbanas de preservar lo ancestral. Las vivencias de Reynaldo y Shunita en Lima

Shunita y Reynaldo, dos historias ejemplares
Por Jonathan Hurtado
Servindi- Una serie de factores desafían día a día a los pueblos indígenas en la búsqueda y redefinición de sus identidades. Esta situación la viven, por ejemplo, los indígenas amazónicos que llegan a Lima. Afortunadamente, desde distintos frentes asoman iniciativas inspiradoras que confrontan la realidad.
Es el caso de Shunita, joven indígena que hace algunos años llegó a Lima y que hoy ha asumido el papel de promover su cultura en aquellos espacios que se lo permitan.
Shunita es natural de la comunidad nativa asháninka San Miguel Centro Marankiari, ubicada en el distrito de Perené, provincia de Chanchamayo, departamento de Junín. Su historia bien podría validar aquello de que solo salen adelante los que nunca se rinden.
Dejó la comunidad apenas culminó su educación primaria. Su primer destino fue el distrito de San Ramón donde acogida por su abuela empezó su educación secundaria. El cambio fue drástico para ella debido a que no sabía el castellano, lo que la matuvo aislada por algún tiempo de sus compañeros.
En más de una ocasión pensó dar marcha atrás y dejar los estudios. Sin embargo, este momento nunca llegó.
Los cursos que habitualmente reprobaba eran los de números. No obstante, llegó a equilibrar sus calificaciones gracias a sus habilidades en deportes como la natación y los cursos de formación laboral. “La gente se sorprendía de lo buena que era; soy asháninka, no le tengo miedo a nadar”, dice orgullosa.
El castellano lo llegó a dominar recién en cuarto grado lo que le permitió hacerse cargo de las traducciones al asháninka de fragmentos bíblicos que le encargaba su profesor de religión.
La llegada de Shunita a Lima se dio tiempo después cuando por medio de su hermana obtiene una beca de estudios que le permitía prepararse para postular a una universidad. La forma de enseñanza de la capital, muy diferente a como se da en la selva, no favoreció que culminará satisfactoriamente dichos estudios.
Tras un breve paso por la selva de Cerro de Pasco, Shunita retornó a Lima para prepararse una vez más. Pero en ese tránsito, sin proponérselo, su vida emprendió nuevo rumbos.



Desde que Shunita volvió nuevamente a Lima, sentía la necesidad de tomar contacto con sus pares de otros pueblos. Así llegó a participar el 2009 de la IV Cumbre Continental de Pueblos y Nacionalidades Indígenas del Abya Yala que se desarrolló en la ciudad de Puno.
Allí se encontró con indígenas de otros pueblos como el Yánesha, el Shipibo, entre otros. Pero también tuvo contacto con indígenas de otras naciones. Su ritmo de vida cambió entonces cuando animada por sus compañeros de mesa tomó la palabra para ante un auditorio de miles de personas dar cuenta de las amenazas que existen sobre la Amazonía y los pueblos que allí se encuentran.
Sus palabras calaron en el público de tal modo que al final del día algunos de los asistentes, entre ellos varios periodistas, establecieron contacto con ella para que participe en futuros encuentros sobre lo que se vive en la Amazonía.
Gracias a esos contactos y al apoyo de su comunidad Shunita pudo visitar una diversidad de países para dar a conocer su cultura y fortalecer la organización. “Siempre digo que mi federación es la Ceconsec, que agrupa a 123 comunidades, que su base nacional es Aidesep y la internacional es la Coica”, explica con determinación.
Hoy Shunita está abocada a la elaboración de un libro sobre pintura facial y corporal, y sobre la tradición oral de sus antepasados. Para ello viene recopilando información sobre el significado de las formas de cada pintura.
Según explica, las formas tienen su significado y se dibujan según la ocasión, el estado de ánimo y lo que se busca comunicar a otras personas. “Las solteras se pintan de una forma, por ejemplo”, precisa.
Para ella, promover la cultura es hacer política porque en las expresiones culturales se revelan aspectos como la economía, la educación, explica Shunita. Y a eso está dedicada hoy.
Pero las vivencias de Shunita no son las únicas que dan cuenta de todo por lo que tienen que pasar los indígenas amazónicos que llegan a Lima.

Reynaldo

Reynaldo es del pueblo Shipibo, de la comunidad Canaán de Cachiyacu, en Loreto. Él tuvo que atravesar por una serie de situaciones que afortunadamente, explica él, no mellaron su identidad indígena.
En el caso de Reynaldo, él si tuvo desde muy temprano la idea de salir de su comunidad para “salir adelante y ser un profesional”. Así llegó a Lima. No hablaba castellano y el primer trabajo que encontró fue en una fábrica de mochilas.
El proceso de socialización para él fue difícil. Si bien lleva varios años en Lima, señala que aún tiene que luchar con una serie de prejuicios que la gente de la capital tiene de los indígenas amazónicos, como que son flojos o no les gusta trabajar.
Para Reynaldo, estereotipos como estos tienen su raíz en la ignorancia, en el hecho de que la gente no quiere reconocerse como iguales.
Señala así que la presión a veces es tan fuerte que mucho jóvenes indígenas que llegan a Lima optan por asumir roles y apariencias solo con el fin de ser aceptados.
“Hay algunos que vienen de la selva, se cambian de peluca, se pintan la ceja, para parecer limeño”, advierte Reynaldo. Reconoce, sin embargo, que no todos son así y hay muchos que mantienen su originalidad sin darle mayor importancia a si están en Lima o fuera y se presentan ante los demás como lo que son.
Hoy Reynaldo viene culminando sus estudios de idiomas en la Universidad Nacional Enrique Guzmán y Valle. Tiene pensado conocer a profundidad todo lo que implica el derecho indígena con el fin de ayudar a las comunidades que hoy viven en peligro a raíz de una serie de amenazas.
También tiene el propósito de profundizar en la producción audiovisual para a través de este medio plasmar las problemáticas que afrontan hoy los pueblos indígenas u originarios del país.
Para conocer más de la vida de ambos personajes los invitamos a ver los videos que se elaboraron en base a sus vivencias en el marco de un taller organizado por el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP) y Terra Nuova.
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