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20 jun. 2007

Anarquía y corrientes libertarias en el movimiento insurreccional oaxaqueño


Entre los meses de junio y noviembre del año pasado el estado mexicano de Oaxaca vivió una revuelta popular que maravilló y conmocionó al mundo. Mientras los medios de masas se prestaban a dar su peculiar punto de vista acerca del conflicto, el pueblo oaxaqueño desconocía a su gobernador Ulises Ruiz Ortiz (URO, del Partido de la Revolución Institucional-PRI) y tomaba la capital en demanda de su destitución como punto de partida para la creación de un nuevo orden político y económico que acabara con las enormes desigualdades sociales que en las que el estado (mayoritariamente indígena) está sumergido.

Hablar de los antecedentes históricos que llevaron al levantamiento es engañoso. Y lo es porque imprime a nuestro discurso una diferencia esencial entre lo que ocurrió antes y lo que ocurrió después del 14 de junio. La lucha en Oaxaca, México y América Latina es en realidad un continuo en el que sólo los límites de nuestro pensar y nuestro lenguaje obligan a fijar fechas y acontecimientos como de un interés histórico especial, dejando de lado los procesos “silenciosos” y “al margen de la historia” (al menos mediática) que se producen en el seno de los pueblos, así como las luchas y la represión ejercidas sobre ellas. Sabiendo esto, sin embargo, no tenemos más remedio que, advirtiendo que la lucha en Oaxaca se remonta a la llegada de los españoles, centrarnos tan sólo en el pasado reciente.

Un poco de historia

El 14 de junio de 2006, 3.000 efectivos de diferentes cuerpos de la policía estatal trataban de entrar en el Zócalo con la intención de desalojar el “plantón” que el sindicato de maestros mantenía en el Zócalo de la ciudad como medida de presión en reclamo de una serie de demandas. El pueblo oaxaqueño se unía al magisterio y salía a las calles obligando a la policía a replegarse. A partir de ese momento, y producto además de las políticas autoritarias y represoras de URO, la salida del Gobernador se tornaba demanda unánime del pueblo. Pocos días después, diversas organizaciones se unían al magisterio en la creación de la célebre Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) que, en un primer momento estaría liderada por la treintena de miembros que componían la “Dirigencia Provisional”, y en la que diversos grupos vieron tan sólo el medio a través del cual algunos tratarían de utilizar la revuelta para colmar sus ansias de poder.

A partir de ese momento comienza la represión: detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos, se convierten en habituales en Oaxaca mientras el movimiento popular se reúne en “megamarchas” de hasta 800.000 personas y desarrolla acciones que la Directiva de la APPO no puede controlar. El 14 de junio es el primer ejemplo de esa efervescencia popular que por sí misma toma la decisión de enfrentarse a la policía. Pero hay muchos más ejemplos de este tipo. El 1 de agosto una cacerolada compuesta exclusivamente por mujeres decide tomar la televisión estatal de manera pacífica. Durante semanas toda la programación estuvo a cargo de estas mujeres hasta que fueron desalojadas violentamente por grupos parapoliciales. Pero esa misma noche se decide tomar todas las emisoras de radio comerciales de la ciudad. Días después, un ataque a cargo de los “convoyes de la muerte” a Radio La Ley con resultado de un muerto hace al pueblo tomar otra decisión: miles de barricadas son instaladas como forma de defensa ante los ataques parapoliciales y paramilitares. Durante semanas, cada noche, el pueblo salta a las calles para defender la ciudad hasta que el 28 de octubre y tras una jornada, la del 27, en la que mueren 5 personas, la Policía Federal Preventiva (PFP) logra entrar en el Zócalo de la ciudad. Días después, el 2 de noviembre, la policía trata, violando la autonomía universitaria, desalojar Radio Universidad. Mientras los dirigentes de la APPO ofrecían prebendas a los integrantes de las barricadas que resguardaban a la voz del movimiento para que las abandonaran, el pueblo vuelve a salir a las calles obligando a la PFP a retirarse. La APPO se apunta la victoria.

El 25 de noviembre, tras una megamarcha que pretendía sitiar a la PFP en el Zócalo, y ante las agresiones de la policía, se desatan los enfrentamientos que culminaran en una noche de brutal represión que sólo será el preludio de las torturas, detenciones ilegales y demás con que el gobierno tratará de acabar con el movimiento. El resultado de todo el proceso: 26 muertos, decenas de detenidos y un número indeterminado de desaparecidos.

Cuando la represión continúa y el debate en torno a la participación de ciertos grupos de la APPO en las próximas elecciones al Congreso Estatal amenaza con romper la frágil unidad de la APPO, es un buen momento para repasar la manera en que los grupos anarquistas participaron en el movimiento desde su perspectiva alejada del electoralismo y las críticas a algunos grupos que como el Frente Popular Revolucionario (FPR) de carácter marxista-leninista-estalinista, que en estos momentos muestran su verdadera cara al tratar de acabar con todos quienes se oponen a participar en el juego electoral.

La APPO no es el movimiento oaxaqueño

Durante los meses en que duró el conflicto los medios de comunicación (incluidos la mayoría de los “independientes”) sólo dieron voz a lo líderes de la APPO que bajo la consigna en principio bienintencionada de “Todos somos APPO” se atribuían todos los logros conseguidos por el pueblo. Las voces que desde el comienzo criticaron las acciones de estos “líderes” fueron silenciadas y, en nombre de la unidad, las propuestas ajenas a la estructura de la APPO fueron completamente desconocidas.

Entre esas voces destacaron las de algunos grupos anarquistas que vieron en la APPO no una alternativa radical al sistema, sino un modo de buscar y administrar el poder demasiado cercano a las estructuras ya existentes.

Uno de los espacios que trató de aglutinar y poner en práctica esas otras propuestas fue la Okupación Intercultural en Resistencia. Para Chucho, miembro del colectivo Tod ygL s Somos Pres ygL s, y uno de los que participó de la experiencia, se trataba de un “espacio autónomo al margen de la estructura de la APPO (…) La APPO hacía un llamado a organizar y dirigir a la gente. Nosotros hacíamos un llamado a autoorganizarse y trabajar de manera autónoma, entendiendo que la autonomía refleja ese espacio de coordinación de todos los espacios que se asumen con una tendencia hacia la libertad”.

La Okupa, situada a pocas manzanas del Zócalo, no se constituyó como un espacio exclusivo de grupos anarquistas, sino que se abrió a la sociedad oaxaqueña de la que recibió su respaldo. Situado en un antiguo cuartel de la policía preventiva, se logró rehabilitar gracias al apoyo de la población, que participó en el proyecto y en las decisiones que a través de las asambleas se tomaban en la Okupa. Según nos cuenta Chucho, “tanto el poder del estado como la propia APPO impedía el desarrollo de iniciativas de este tipo, (…) por eso nosotros proponemos romper con esas dos estructuras y promover la creación de espacios autónomos ya sean colonias o comunidades o espacios pequeños como el de la Okupación”. Una propuesta más cercana a los principios que se suponía defendía la dirigencia appista y a las demandas del pueblo oaxaqueño: “El mismo pueblo se da cuenta de que no es necesario un gobierno y ellos mismos se dan cuenta de si en verdad quería tumbar a Ulises e instalar a otro.

En las asambleas se cuestionaba si se iba a permitir si de la APPO iba a salir una persona que iba a gobernar Oaxaca”. Se trataba de que “el pueblo se diera cuenta de que ninguna de estas cuestiones de dirección y centralismo son reales para un cambio. Nuestra intención no era la de dirigir un movimiento como grupo libertario en lugar de la APPO, sino que estas prácticas de autonomía y autogestión se dieran en todos lados en base a las necesidades de cada pueblo”.

Las barricadas

Los grupos libertarios también fueron parte esencial de la lucha y la resistencia directa contra los diferentes cuerpos policiales, parapoliciales y paramilitares que se dio en las barricadas antes y después de la entrada de la PFP el 29 de octubre. En ellas cristalizaron dos tendencias. Mientras la primera estaba centrada en las acciones directas y en la defensa frente a los ataques institucionales, la segunda trató de establecer vínculos con los barrios y sus pobladores con el fin de fortalecer el carácter popular de la resistencia. Convertidas en parte del imaginario colectivo oaxaqueño, las barricadas se erigieron en símbolo de la lucha popular y quienes las formaban (individ ygL s de todo tipo: anarkopunks pero también gente, digamos, de vestimenta y costumbres más ortodoxas) estandartes de la lucha contra URO. Grupos que, pese a que actualmente son incluso criminalizados por cierto sector de la APPO, fueron los protagonistas no sólo de la resistencia diaria, sino también de los diferentes enfrentamientos contra la PFP.

Pero además, la propia experiencia organizativa de las barricadas fue muy cercana a lo libertario. Como comentaba en una ocasión Noé, un estudiante que participó en la lucha desde posiciones ideológicas no definidas, “las barricadas fueron una experiencia de igualdad en la que absolutamente todos y todas participaban de igual modo en la toma de decisiones.”

Anarquistas en la APPO

Pero no todos los grupos de tendencias libertarias eligieron la misma vía. El Comité Indígena Popular de Oaxaca-Ricardo Flores Magón (CIPO-RFM) prefirió adherirse a la iniciativa de la APPO desde su propio criterio y con un talante claramente crítico. Dolores Villalobos, una de sus integrantes, nos comenta: “Creímos que era un espacio que tenía que construirse. Ahora sabemos que no toda la gente es honesta, o que tenemos caminos diferentes ya que algunos le están apostando a lo electoral o a la lucha armada. Pero nuestro deber es proponer a los demás por eso es que participamos en la APPO. (…) Nosotros estaremos en todos los movimientos en los que haya una posibilidad de construir algo. Cuando veamos que ya no es nuestro lugar ahí, pues nos iremos”. Esta misma razón hará a muchos individuos y colectivos participar del Consejo Estatal de 260 miembros creado en la Asamblea Constituyente celebrada los días 11 y 12 de Noviembre, en la confianza de que se podría hacer de ese órg ano un verdadero representante de las demandas del pueblo.

Cuando desde las cúpulas del Consejo Estatal y a través de los grupos interesados en alcanzar el poder institucional se trató de imponer la participación de la APPO en las elecciones, los grupos libertarios como el CIPO pero también otros como los pertenecientes a la Alianza Zapatista-Magonista, como OIDHO o CODEDI, fueron algunos de los que consiguieron frenar la iniciativa. El consenso al que se llegó en la Asamblea Estatal de principios de febrero fue que la APPO no le “entraría” a las elecciones como tal, pero que los grupos que lo quisieran podrían hacerlo en nombre propio. Aparentemente se había salvado la unidad, pero las acciones mafiosas de organizaciones como el FPR (criticadas duramente incluso por grupos socialistas como el Partido Obrero Socialista) han llevado a que en estos momentos exista en la APPO una gran división interna y un alejamiento completo del Consejo Estatal respecto al pueblo de Oaxaca.

Anarquismo, magonismo y comunalidad india

Hablar de corrientes libertarias en México es hablar de Ricardo Flores Magón y de magonismo, surgido a principios de siglo, relegado a segundo plano frente al reformismo final de la Revolución Mexicana, e íntimamente unido al modo de pensar de los indígenas, en los que Flores Magón encontró más que la inspiración para sus propuestas.

Desde la formación de la APPO, ésta se definió como un grupo heterogéneo compuesto por las más diversas tendencias ideológicas. Su carácter supuestamente asambleario trató de mostrar a la APPO como estructurada en base a modos de decisión política horizontales, mientras grupos de carácter marcadamente vertical copaban los puestos más visibles en los medios y se han autoerigían en portavoces del pueblo oaxaqueño.

Entre el discurso que en todo momento defendió la APPO estuvo el de la defensa de los derechos de los pueblos originarios y de sus modos de organización política. Sin embargo hay que dejar claro que las corrientes libertarias como el magonismo son las únicas que realmente han construido su discurso político en base a esas prácticas basadas en los “usos y costumbres” de estos pueblos. Conceptos como el de autonomía, autogestión o asamblearismo, son ejemplo de la manera en que lo indígena y lo libertario coinciden en puntos fundamentales de su visión de la política y las relaciones sociales.

Frente a la defensa de la “autonomía regional” efectuada por teóricos marxistas como Héctor Díaz-Polanco, el concepto de “autonomía comunal” construido por la antropología indígena en Oaxaca, se acerca mucho más a los principios culturales que rigen las cosmovisiones indígenas. Para el antropólogo zapoteco Jaime Martínez Luna, “debemos afirmar que tenemos también nuestras propias leyes. Lógicas de pensamiento construidas por siglos, maneras de entender la vida que nos han llevado a resolver un sinnúmero de problemas internos. Sin embargo ese derecho y ese conocimiento se deshecha para imponer los razonamientos escarbados y desarrollados en ámbitos distintos al nuestro, a experiencias que no parten de nuestra realidad”. Un ejemplo de ello es que “siempre se razona en términos del derecho individual, nunca se piensa en el derecho comunal, es decir siempre se razona en término de los intereses de un individuo y se entiende que toda actitud deviene de un interés individual, nunca se incorpora la posibilidad de entender que la actitud es resultado de un hecho social y más bien comunal, que por lo mismo amerita un tratamiento distinto.”

Benjamín Maldonado, autor de libros como La utopía de Ricardo Flores Magón o Autonomía y comunalidad indias, defiende “que un mundo anarquista es un mundo comunal, si nos basamos en la definición de Ricardo Flores Magón de la anarquía como orden basado en el apoyo mutuo. Entiendo que buena parte de los libertarios han tratado de fundamentar y construir un mundo comunal similar a la estructura de las comunidades de Oaxaca: con apoyo mutuo, con voluntad de donar enormes cantidades de trabajo por los demás para la construcción y reconstrucción de la comunidad, con una estructura de poder en la asamblea y no tanto en sus representantes, con un espacio territorial donde se es poder, con un sistema de gobierno compartido y que no era corrupto, con un sistema de distribución de lo producido que permitía algunos márgenes de autosuficiencia alimentaria regional y sobre todo con el gusto de ser comunidad y de celebrarlo a cada rato y con derroche de recursos.”

Para Maldonado, “la comunalidad, columna vertebral del ser indio, está compuesta de cuatro elementos centrales: el territorio comunal (uso y defensa del espacio colectivo), el trabajo comunal (interfamiliar a través de la ayuda mutua y comunitario a través del tequio, que es trabajo gratuito para obras de beneficio del pueblo), el poder comunal (la participación en la asamblea y el desempeño de los diversos cargos cívicos y religiosos que forman su sistema de gobierno) y el disfrute comunal (la participación en las fiestas y su patrocinio)”.

Todo ello basado en un principio sobre el que se construye su propia identidad comunal, la autonomía: “desde su formación, la idea de la comunalidad ha estado ligada a la idea de autodeterminación, que en el lenguaje actual es la autonomía. Es precisamente la comunalidad la que constituye y es capaz de crear (recrear) las condiciones necesarias para la autonomía”. En este sentido, “la abolición de la autoridad estatal y opresiva es entendida como el ejercicio de la voluntad autónoma de organización comunal.” Y la experiencia de los pueblos originarios se constituye así en una “muestra histórica de que es posible llegar a vivir en sociedades colectivistas antiautoritarias.”

Ese carácter antiautoritario de la organización política de las comunidades se basa precisamente en su propia concepción del poder como servicio al pueblo y el asamblearismo como modo de decisión política.

Para Martínez Luna, “la significación del poder en una comunidad indígena a diferencia de lo que se representa en un mundo mestizo rural o urbano es muy diferente. En nuestras comunidades el poder es un servicio, es decir es la ejecución de lineamientos de una asamblea, de una colectividad. En el otro, significa el ejercicio de las decisiones de la propia autoridad que ha sido elegida a través de mecanismos electorales poco controlados por la sociedad. (…) Una autoridad en comunidad es prácticamente un empleado al servicio de todos, un empleado al que no se le remunera, al que no se le permite diseñar, y cuando esto se da, lo diseñado puede realizarse sólo si existe la consulta. Por lo contrario, el poder político en las sociedades rurales mestizas o urbanas es lo contrario, es la posibilidad de ejecutar sus propias ideas, satisfacer sus personales intereses, la consulta no existe”. “La asamblea, es la máxima autoridad en la comunidad, es la reunión de todos los jefes de familia, en la que intervienen también las mujeres. En ella participan lo mismo silentes que parlantes, los mismo trabajadores del campo que artesanos y profesionales. En la asamblea se trabaja siempre por consenso, aunque en muchos casos y por cuestiones prácticas se use el mayoriteo (votación). La elección de las autoridades no refleja ninguna intención o lineamiento partidista, se fundamenta en el prestigio y éste; en el trabajo”. Una concepción del poder que hace que “nuestros obstáculos inmediatos (sean) los partidos políticos”.

Desde este punto de vista, y quizá por ello, las propuestas socio-políticas de los pueblos originarios han sido denostadas como propias de pueblos ajenos al desarrollo y al progreso encarnado en los sistemas políticos y económicos occidentales, cuando en realidad suponen una alternativa real (no meramente utópica) a las estructuras actuales. Para Chucho, “la lucha indígena es la que va a dar fuerza a un verdadero cambio. Las prácticas de la vida comunitaria es la que de verdad podría enfrentar verdaderamente al estado”, estableciendo una relación íntima entre las prácticas asamblearias y autogestivas indígenas y las de los grupos urbanos libertarios.

Unos principios, los libertarios, íntimamente unidos a lo indígena y que, aunque sólo podamos referirnos a ello de manera testimonial, han hecho que la casi totalidad de estos colectivos y organizaciones se adhieran a la iniciativa zapatista de La Otra Campaña.

¿Vivió Oaxaca un estado de anarquía?

En una ocasión una vendedora de un puesto de comida del Mercado del Pochote, en Oaxaca, nos reconocía echar de menos “aquellos días en que vivimos la anarquía”. Seguramente su afirmación no sería muy ortodoxa respecto a una definición académica y completa de lo que es un “estado de anarquía” pero, desde su participación en las barricadas, muestra una intuición que, aunque no generalizada, sí está presente en muchos y muchas de quienes participaron en el movimiento. La falta de presencia de las instituciones represivas (al menos con carácter oficial) en la ciudad, las acciones de resistencia que el pueblo desarrolló al margen de cualquier dirigencia organizativa, la solidaridad y el apoyo mutuo entre quienes poblaban las calles en resistencia, la propia organización en las barricadas… todo ello es seguramente lo que está a la base de esa intuición.

Para Dolores Villalobos “es algo que nadie va a poder olvidar. Que todos estaban en la calle y que todo era una verdadera hermandad (…) Hubo una forma de organización, de solidaridad, de apoyo mutuo, uno se preocupaba por el otro. Por eso creo que hoy la resistencia sigue, porque en la gente se pudo dar ese paso. Eso es lo importante: como se empezó a dar una relación diferente entre los seres humanos”. Y añade, “la gente rebasó a los que creían que podían tener al movimiento controlado. También es por eso que hubo mucha represión, porque el gobierno vio que no iba a poder controlarlo, porque ninguno de los que iba a la mesa de negociación podía detener o podía decir, ‘esto se hace’, sino que eran los que estaban en los campamentos y en las barricadas los que decidían el rumbo del movimiento.”

Para Chucho se trató más bien de “formas de actuar ante el ataque directo del estado” que no constituyen exactamente la anarquía, aunque sí existió una actitud de “desobediencia” tanto respecto al estado como a la APPO.

Benjamín Maldonado es más pesimista: “Yo creo que se vivió una situación de caos, no de anarquía. Vi mucha creatividad pero falta de claridad, mucha energía pero falta de proyecto, mucha ilusión pero falta de visión, mucha confluencia sin ver las imposibilidades de continuidad.”

La situación actual

A pesar de la represión y de los grupos internos al movimiento que han dejado atrás los principios que lo vieron nacer, la lucha en Oaxaca por un cambio estructural inspirado en las formas de vida de los pueblos originarios no ha terminado. Un ejemplo de ello es la reciente formación de Voces Oaxaqueñas Construyendo Autonomía y Libertad (VOCAL), espacio formado no sólo por individuos y colectivos anarquistas sino también por otros muchos que desde el comienzo de las movilizaciones lucharon desde dentro y fuera de la APPO. Un espacio que incide en la autonomía como base del orden socio-político y en la negativa a dejar en manos de los partidos políticos las riendas de nuestro destino político.

VOCAL ya ha sido por todo ello objeto de hostigamiento y represión, y no sólo por parte del Estado. El encarcelamiento el 13 de abril de uno de sus miembros, David Venegas Reyes, miembro del Consejo Estatal de la APPO desde donde combatió las posturas electoralistas de aquellos que él define como traidores al movimiento (y quienes le han señalado y acusado incluso de ser un infiltrado) es el ejemplo más claro de ello.

En estos momentos Oaxaca vive un estado de represión selectiva y hostigamiento hacia todos los grupos que siguen defendiendo la necesidad de la desaparición del Estado y de la democracia formal que lo sustenta, ayudada por los grupos que, como el FPR, criminalizan a todos los que se interponen en sus pretensiones de alcanzar el poder institucional. Seguramente los medios seguirán dando la espalda a unos procesos que tarde o temprano volverán a estallar y a provocar situaciones merecedoras de una buena fotografía en primera plana. Hasta ese momento, no hay que olvidarlo, y como suelen decir por estas tierras: “Zapata vive, la lucha sigue”.
Sergio de Castro Sánchez
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